sábado, 6 de agosto de 2011

Al mono que toca los platillos en mi mente

Sentados frente a frente observo sus platillos: uno llamado Pánico, y el otro llamado Dolor.
Resuenan resuenan resuenan ..y mi mente se llena de sus caóticos ecos.


Inclino la cabeza hacia un lado, como siempre que siento curiosidad por algo, y me pregunto cómo dejé que aquel mono se instalara en mi cabeza y sus platillos se quedaran  allí retumbando durante todo este tiempo.

¿Eran ellas?, ¿era yo? ¿quién había adoptado a aquel maldito animal que no me dejaba oír lo que mi mente me gritaba que plasmara en el papel?

A veces su música me sacaba de mí misma
Se sentía bien.
Pero llegué al extremo de perderme, y me hallé corriendo en un bosque demasiado oscuro y tenebroso
No quería caminar por sus senderos sin alguien de la mano.
¡Cállate maldito mono, deja de hacer sonar tus platillos!
Respiré profundo, tomé al mono con mis manos y lo arrojé por la ventana. Esa misma por la que había arrojado su nombre hace unas semanas.



Corrí fuera del bosque y de la música.
Y desperté en el andén en el que había estado durmiendo hacía tanto tiempo.

lunes, 1 de agosto de 2011

Ansiedad

 Envuelta en un manto de silencio, frágil y pequeña te deslizas por la vida.
 Como pluma encendida en llamas de indiferencia, los días se consumen y desgastan pensando en él.
 Lloras creyendo que las lágrimas apagarán el incendio, que correrán como ríos susurrantes e incesantes  hasta traerlo de regreso a tus brazos: llegará flotando en una barca de madera, atado de pies y manos y dispuesto a no fallarte esta vez.

Continúas llorando y comienza a oirse música: calmada, rítmica e infinitamente dulce. No pretende acallar tus sollozos, por el contrario, los musicaliza y te invita a llorar aún más.


Sujetas en tus manos aquel último pétalo de rosa, ése que puso en tus labios a manera de adiós definitivo, y aunque está seco no puedes dejar de pensar en él y en lo que fue, pero que para tu tristeza ya no será....

Escrito a las 8:05 del 25 de Julio.

lunes, 20 de junio de 2011

Ayer vestías de rojo

Ayer vestías de rojo, contrastabas con el verde de las montañas a nuestro alrededor.
Yo, vestía de negro, por el luto de la ausencia que hace tanto tiempo presentía.
Yacías en el césped, y yo acariciaba tus labios, ahora fríos, muertos.... antes eran tan dulces, tan cálidos, así nunca los hubiera podido probar....
La brisa de Julio mecía tu cabello castaño, y yo no estaba preparada para dejarte ir, así el polvo de estrellas a nuestro alrededor amenazara con raptarte de mi lado para siempre, justo como lo había hecho vida tras vida.
Susurré en tu oído todo lo que siempre había querido decir. Tantas palabras atropeyándose entre sí para salir y quedar cautivas en tu mente para siempre, así no las escucharas como quisiera que lo hicieras.

Te amo
Te esperé y no me viste.
 Muerto estás, así no debían ser las cosas.
Quédate conmigo por favor,
aún hay tiempo para los dos,
dame tu mano.....

Pero todo era en vano, intenté sujetar tu mano, ahora tan transparente y difusa.
Observé tus tristes ojos por última vez, y los cubrí con el dorso de mi mano derecha mientras te besaba como siempre había querido y necesitado hacerlo. Sabías a dolor, a soledad, incluso a sarcasmo, todo ello opacado por el dulcísimo, tal vez demasiado, sabor de la muerte que ahora te había poseído.

Abrí los ojos y el polvo de estrellas te había raptado, ahora eres uno de ellos, una constelación más en el azul infinito del cielo. Un alma tan lejana y distante...... más que cuando ambos éramos humanos.
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